
Tras los Supertuscans: elegancia y territorio en la visión de Ilaria Tachis
Al llegar a Podere La Villa, entre las colinas de San Casciano, en una mañana de mayo ya calurosa tras una semana de lluvias intensas, Ilaria Tachis me recibe en la bodega. Desde el primer momento impresionan la cordialidad, la hospitalidad y la sencillez con la que te recibe. Una sensación casi sorprendente, considerando la historia y el peso del apellido que lleva consigo. Y, sin embargo, la impresión es la de sentirse acogido con naturalidad desde el primer instante, como un invitado en su propia casa.
El valle donde se encuentra Podere La Villa tiene algo muy particular. Las colinas se abren en una hondonada natural, con viñedos que descienden hasta un lago que cierra el paisaje en el fondo de la propiedad. Es una postal impresionante, hecha aún más única por la luminosidad intensa que envuelve todo el valle y por los suelos ricos en arcilla y grandes guijarros de río, capaces de retener el calor de manera diferente a otras zonas del Chianti Classico. Paseando entre las filas junto a Ilaria, la conversación se desplaza naturalmente hacia su idea de vino y la profunda relación que une estos viñedos con el territorio que los rodea.

Lo especial de este lugar no es solo el paisaje, sino la manera en que se vive. Todo ocurre con una naturalidad poco común, sin formalidades artificiales ni recepciones estudiadas. En un momento dado, nos sentamos en un banco de color rojo ladrillo frente al valle, con una vista increíble de los viñedos y el lago ante nosotros. Quizás uno de los momentos más hermosos de la entrevista sea ese silencio compartido, tan sencillo pero a la vez tan lleno. No se trata solo de hablar de vino, sino de detenerse a observar el paisaje, escuchar el campo y dejarse envolver por esa calma que logra convertir ciertos momentos en recuerdos.
Uno de los viñedos que más me impresionó es sin duda el del viejo Merlot, plantado hace más de cuarenta años. Al entrar, el paisaje cambia de repente. Caminas entre las filas y, tras pocos metros, aparece una pendiente muy pronunciada, casi inesperada, que provoca incluso una ligera sensación de vértigo. El viñedo parece abrirse de repente ante los ojos, hasta terminar contra una zona boscosa que forma parte de la propiedad. Es un lugar que transmite una sensación de gran equilibrio y frescura, sobre todo por la relación constante entre la exposición del valle, las marcadas amplitudes térmicas entre el día y la noche y la cercanía del bosque que rodea esa parte de la finca.
Una de las cosas más bellas durante el recorrido es la naturalidad con la que Ilaria te acompaña entre su casa, la bodega y los viñedos. No hay nada fingido ni distante. Todo se vive con sencillez, en la relación cotidiana con las personas que trabajan a su lado y comparten la misma idea de vino. Más que una realidad construida sobre el lujo o el estatus, Podere La Villa transmite, sobre todo, una fuerte dimensión humana.
Ilaria cuenta que, desde el principio, una de sus prioridades ha sido la hospitalidad. A lo largo de los años ha acumulado experiencia tanto en otras bodegas como en su propia casa, emprendiendo un camino muy ligado al mundo de la acogida. Y es quizás también por esto que hoy considera la autenticidad y la hospitalidad dos elementos inseparables a la hora de contar el vino. Para ella, antes que nada, el vino sigue siendo convivencia.
Llevar el apellido Tachis significa, inevitablemente, convivir con una herencia importante. Giacomo Tachis no solo fue uno de los enólogos más influyentes del vino italiano moderno; también fue una presencia constante en su vida cotidiana.
Sin embargo, su camino no nace de la enología. Desde joven se sintió mucho más cercana al mundo de las lenguas, la literatura y la historia del arte. A pesar de ello, el vino siempre fue parte de su vida. Es algo que su padre le transmitió naturalmente, a través de recuerdos de infancia que hoy sigue contando con gran afecto. Momentos nunca monótonos, sino llenos de experiencias, encuentros y enseñanzas que, aun hoy, al recordarlos, logran hacerla sonreír.
La parte más técnica de su trayectoria llega más tarde, casi de manera espontánea, al empezar a trabajar con traducciones, entrevistas y documentos vinculados al trabajo de su padre, colaborando con el tiempo también con otras bodegas.
A su lado hoy también está Alessandro Cellai, histórico colaborador de Giacomo Tachis.
Existe además un detalle que explica muy bien el sentido de este proyecto: a pesar de haber cambiado la historia del vino italiano con Sassicaia y Tignanello, Giacomo Tachis nunca tuvo una bodega propia.
Cuando llegó el momento de decidir qué hacer con el viejo viñedo familiar, inicialmente aconsejó alquilarlo.
Ella, en cambio, eligió producir vino.
El momento en que nace realmente Podere La Villa coincide con las primeras botellas del Pargolo. Y es justamente hablando de aquel periodo cuando Ilaria relata uno de los episodios más divertidos de la entrevista. Al principio, Giacomo Tachis incluso le había aconsejado no entrar en el mundo de la producción, pero cuando probó el resultado de las primeras botellas, cambió completamente de actitud. Estaba tan orgulloso del trabajo realizado por su hija que empezó a regalar casi toda la producción a sus amigos y a las personas más allegadas. Ilaria cuenta, sonriendo, que ella le repetía continuamente que esas botellas también había que venderlas, pero él quería, sobre todo, compartir y mostrar con entusiasmo el trabajo que ella había logrado construir.
Hablando de vino, Ilaria tiene muy clara la dirección que quiere seguir. No busca vinos construidos sobre la potencia, marcados por exceso de madera o intervenciones agresivas que corren el riesgo de alejar al vino de su identidad más natural. Su idea se encamina hacia vinos elegantes, vivos, agradables de beber, capaces de dejar espacio a la fruta y a la personalidad de la variedad en el territorio donde nace. Una búsqueda que apunta sobre todo a llevar a la variedad a la cumbre de su expresión, sin cubrir su carácter con la técnica. No vinos construidos para impresionar, sino vinos capaces de emocionar. Y precisamente sobre la emoción vuelve a menudo durante la conversación, porque según ella, es una de las cosas que el vino italiano aún sabe hacer mejor que muchos otros países.
Incluso cuando habla de los vinos que admira, el discurso siempre vuelve a lo mismo. De Angelo Gaja aprecia sobre todo su capacidad para crear vinos elegantes, refinados y nunca pesados. Del Sassicaia, en cambio, habla como un gran ejemplo de identidad territorial, un vino reconocible y profundamente ligado al lugar de origen. Dos aspectos diferentes, pero ambos muy presentes en la forma en que imagina hoy sus propios vinos.
El trabajo que actualmente se realiza en Podere La Villa sobre las maceraciones sigue esta misma filosofía. El objetivo es obtener vinos más vivos, más bebibles y menos pesados, dejando que la fruta y el carácter de la variedad permanezcan siempre como protagonistas. Porque, antes que nada, el vino debe beberse. Debe seguir siendo accesible, convivial y ligado a la cotidianidad de las personas.

Al hablar de comunicación, surge a menudo una reflexión muy clara: según Ilaria, hoy el vino se cuenta demasiado a través del marketing y demasiado poco a través del territorio. El punto de partida, en su idea de vino, debería ser siempre el lugar donde todo nace. Antes que la botella o la marca, cuenta relatar el viñedo, el trabajo diario, las características del territorio y la identidad agrícola que existe detrás de cada vino.
La conversación gira naturalmente también hacia el tema de la cultura alimentaria y sobre la manera en la que hoy el vino es a menudo demonizado. Según ella, se ha perdido en parte la relación equilibrada y cotidiana que siempre ha existido en la cultura italiana. El vino sigue siendo un elemento cultural y convivial, pero debe ir acompañado de una educación hacia la moderación, la medida y un consumo más consciente.
Al mismo tiempo, mira con optimismo al presente del vino italiano. Según ella, uno de los cambios más importantes de los últimos años tiene que ver con el crecimiento cualitativo de las pequeñas y medianas empresas, que hoy están trabajando muy bien tanto en la sostenibilidad como en la calidad de sus vinos.
Otro aspecto fundamental es la recuperación de las variedades autóctonas y de la biodiversidad. Italia posee un patrimonio enorme que, según ella, debe ser preservado y valorado mucho más.
Otro tema muy interesante abordado durante la conversación fue el del cambio climático y cómo se vive concretamente en el trabajo en el viñedo. Para Ilaria, el cambio climático no atañe solo al vino, sino también a las personas que trabajan cada día entre las filas. Por eso, una de las prioridades es proteger tanto los viñedos como a quienes trabajan en el campo, mediante horarios reducidos en las horas de más calor, jornadas organizadas de otra forma y prácticas agronómicas estudiadas para defender los racimos de la luminosidad excesiva y del calor, dejando, por ejemplo, una mayor presencia de hojas como protección de la uva.
Es un trabajo continuo de observación y adaptación, porque cada añada requiere respuestas diferentes. Pero una de las cosas más interesantes que surgieron durante la entrevista es la convicción de que incluso la vid, con el tiempo, aprende a adaptarse a las nuevas condiciones climáticas. Los viñedos cambian, evolucionan y conviven con el clima de maneras siempre diferentes. Y es precisamente esta capacidad de adaptación la que hoy obliga a los productores a innovar continuamente el trabajo en el viñedo, buscando un equilibrio cada vez más atento entre la calidad del vino, el territorio y el bienestar de las personas.
Desde siempre, la empresa no utiliza herbicidas ni glifosatos, y a partir de 2025 llegará oficialmente la certificación ecológica. Pero al escucharla hablar se entiende que, aquí, la sostenibilidad no es un eslogan para usar en la comunicación; simplemente forma parte del trabajo diario. Esto vale también para las personas.
De hecho, uno de los aspectos que cuenta con más entusiasmo tiene que ver con el trabajo en equipo. Le gusta rodearse de jóvenes, estudiantes, pasantes, agrónomos, enólogos y personas provenientes de diferentes trayectorias. Todos contribuyen a crear ese equilibrio humano que hoy considera fundamental dentro de una explotación agrícola.
Existen también proyectos sociales muy concretos, donde algunas personas tienen la posibilidad de aprender un oficio y construirse una nueva estabilidad a través del trabajo agrícola.
La joven agrónoma Benedetta Del Rosso sigue con atención el estado de salud de los viñedos y aporta nuevas energías al trabajo diario.
Y luego, finalmente, llegan los vinos. Y es aquí donde todo lo que hemos visto y vivido durante la visita se traduce verdaderamente en la copa.
El primer vino nacido en la bodega fue el Pargolo, un Chianti Classico ligado simbólicamente al nacimiento de su primer hijo. Es quizás el vino más inmediato de la gama. Fresco, directo y muy gastronómico.
A lo largo de los años también va tomando forma la idea de un vino blanco, todavía en fase de proyecto.
Entre las etiquetas más importantes está el Giacomo, un Merlot dedicado a su padre. Nace precisamente del viejo viñedo que domina el valle. Aquí la fruta permanece profunda pero controlada, acompañada de notas de cereza negra, ciruela oscura, hierbas mediterráneas, tabaco dulce y cacao amargo.
Luego está el Expecta, el Chianti Classico Riserva de la bodega.
Es probablemente el vino que mejor narra la dirección estilística de la bodega. El Sangiovese mantiene energía y tensión sin volverse pesado. En la copa emergen cereza negra, mora silvestre, granada, pimienta negra, hierbas medicinales y ligeras notas florales.
El uso de la madera sigue siendo muy medido y las intervenciones en bodega se reducen al mínimo. Los vinos están casi sin filtrar, precisamente para dejar lo más intacta posible la identidad de la fruta y del viñedo.
Tras pasar algunas horas entre viñedos, barricas e historias de vendimia, la sensación es la de haber conocido a una productora que está buscando un camino muy personal.
Un camino menos ligado a los excesos que marcaron parte del vino toscano de años pasados y mucho más cercano a la tierra, a la bebilidad y a la identidad del territorio.
“Al final, todo siempre vuelve a lo mismo: al territorio, a la elegancia y a las personas. Porque un vino, para emocionar de verdad, debe lograr narrar el lugar donde nace sin perder autenticidad. Y quizás sea precisamente esta la dirección que hoy está buscando Ilaria Tachis: vinos capaces de llegar a la mayor expresión de la variedad, sin olvidar que el vino, ante todo, sigue siendo convivencia.”



